
Mis incrédulos y desconfiados lectores pensarán que bromeo o desvarío; pero no. Hace muchos años, a finales de los 80, en una especie de fórum en la Universidad de Camagüey se presentó, por parte de un compañero profesor de Dibujo, un trabajo con ese nombre. El compañero narraba sus experiencias de cómo escribiendo cartas a determinadas personalidades en el extranjero había logrado resolver determinadas carencias en su departamento para la enseñanza de su asignatura. No es exactamente a ese trabajo que me quiero referir, si no a nuestras propias experiencias, que son mucho más antiguas.
Yo comencé a trabajar en el Centro Meteorológico de Camagüey el 11 de noviembre de 1981. Un par de meses más tarde entró Juan Carlos Antuña Marrero, que fue compañero mío en la Secundaria Básica Mártires de Camagüey, un curso más joven. Yo empecé como ingeniero del primer radar MRL-5 que entró a Cuba y él comenzó en el departamento de Influencia Activa, dedicado a la Meteorología de Radar para los experimentos de modificación artificial del tiempo.
Ante la poca bibliografía, Juan Carlos se dio a la tarea de localizar a los líderes de la especialidad en el mundo y escribirle cartas (sí, de papel, de las que se ponían en sobres con sellos y se dejaban en los buzones de correo, cuando eso no existía ni Internet ni correo electrónico ni Whatsapp ni la madre de los tomates). Las cartas demoraban 2-3 meses en ir y otra tanto en regresar la respuesta. Al leer el post Antuña me aclara que el «método epistolar» no es de su autoría, que se lo enseñó el tutor de su tesis, el Dr. Rolando Roque-Malherbe, investigador del CENIC. Bueno, eso no le resta méritos, Antuña fue verdaderamente un artífice de esta estrategia.
Increíblemente para mí, que estaba escéptico, aquello funcionaba, los autores le enviaban de vuelta el artículo pedido y generalmente añadían algunos artículos más recientes sobre el tema, de los cuales no teníamos conocimientos.
Toda innovación pasa por un camino lleno de espinas. Un buen día se presentó el compañero del MININT (Oficial de la CI José Baez, me aclara Antuña al leer este post), que atendía la delegación de la Academia de Ciencias con el jefe de esta entidad y el jefe del centro para aplicarle a Antuña un decreto de expulsión por «contactos con el enemigo» (Antuña también me aclara que fue el jefe de la Oficina y el Jefe del Centro los que habían promovido esa «denuncia», no menciono los nombres, los «antiguos» saben quienes eran). El Oficial de la CI ni siquiera conocía a Antuña; pero oh veleidades del destino, cuando lo entrevistó y le preguntó su nombre y apellidos le dijo –¡pero coño! si tú eres el hermanito de Pablo y José. ¡Los dos hermanos de Antuña y el oficial de la CI habían estado juntos en el mismo pelotón en la Limpia del Escambray! Afortunadamente, la sangre no llegó al río, el oficial CI pudo comprobar que Juan Carlos era un revolucionario íntegro (lo sigue siendo), al igual que sus hermanos. La cosa quedó en que un compañero del centro que atendía estos asuntos «supervisaría» la correspondencia.
En 1985 Antuña decidió irse del centro a trabajar en otro organismo. Él me llamó a su casa y me regaló toda la correspondencia, decenas de artículos científicos que conservo hasta hoy y que al paso del tiempo constituirían un material invaluable para mí a pesar de mi tonta reticencia a aceptarlos. Había entre ellos una joya, el artículo de Marshall y Palmer de 1948 con dedicatoria del propio James S. Marshall, un clásico de la estimación de lluvia por radar.
En ese momento a mí no me interesaba ninguno de aquellos artículos, yo estaba concentrado en la parte ingenieril del radar y tenía suficientes cosas para estudiar, por demás, en ruso que me era más fácil de leer. No obstante, bibliófilo como soy me los quedé y mi insaciable curiosidad técnica me hizo irlos asimilando poco a poco hasta convertirme yo mismo en experto en Meteorología de Radar.
No solo que el material se convirtió en algo de primerísima importancia para mis planes, sino que yo mismo comencé a escribir con febril ahínco a los autores y a aumentar ese «tesoro». Me recuerdo a mí mismo escribiendo en la máquina de escribir (sí, de las antiguas) y enviando cartas. Recibí por esta vía los mejores libros que se habían publicado, cortesía de los autores. A mí nunca me molestaron con aquello de «contacto con el enemigo». Lo que sí puedo decir es que todos los paquetes llegaban rotos con sellos del propio correo. No sé qué buscaban. Yo siempre he sido «comecandela» y Antuña también. Una vez Antuña me trajo un libro, grande y pesado, editado por el mismísimo David Atlas (uno de los monstruos fundadores de la Meteorología de Radar) a quien yo se lo había pedido cierta vez que nos vimos en persona en Montreal.
No hubiera yo podido escribir mi tesis de doctorado sin aquellos artículos y tantos otros que pedí después. Cuando viajé por primera vez al mundo exterior, en julio de 1999 a la 29 Conferencia Internacional de Meteorología de Radar pude conocer en persona a todos aquellos autores y muchos otros y recibí invitaciones para visitar los mejores laboratorios e instituciones del mundo dedicados a esta temática. Viajé a Canadá (7 veces), Estados Unidos (1), Italia (2), Alemania (3), Inglaterra (3) en diferentes modalidades de pasantías científicas que me permitieron solidificar mis conocimientos sobre radares meteorológicos Doppler y Polarimétricos y trabajar con su información. Visité los mejores radares Doppler y Polarimétricos del mundo en su momento.
Pues sí incrédulo lector, gracias al «método epistolar» pudimos hacer el Radar Meteorológico Cubano que nos encargó el Comandante en Jefe. Ahí están tres ejemplares para demostrarlo: Camagüey, Casa Blanca y Holguín. Lo crea Usted o no, el método funciona.
Deja una respuesta