«Epopeya del Doppler Cubano-11» narra el dramático tramo final del proyecto: la puesta a punto del radar Doppler en su nueva ubicación, enfrentando la Ley de Murphy en todo su esplendor. Este capítulo relata la batalla legal contra la Torre de Control del aeropuerto por supuestas radiaciones, el fallo inesperado de los módulos USB de control distribuido (que obligó a un retroceso a tarjetas centralizadas), las complejidades del software VESTA|RCP y VESTA|Cíclope, y la brillante solución informática que permitió correr el NEXRAD-ORPG de forma centralizada para todos los radares. Descubra cómo el equipo de LADETEC superó cada obstáculo hasta lograr que el RD-200SX —bautizado así por Leonardo-Ichi— comenzara su vida útil el 13 de agosto de 2012, estrenándose con la Tormenta Tropical Isaac y bautizado con fuego durante el Huracán Irma, cumpliendo así la misión encargada por Fidel Castro.
«Epopeya del Doppler Cubano-11» sumerge al lector en el tramo más agónico del proyecto, donde la Ley de Murphy parecía haberse aliado con el Bloqueo para impedir la culminación del radar Doppler. El capítulo abre con el traslado del radar a su nueva torre en el Centro Meteorológico de Camagüey (el «Calvario» frente a la antigua «Loma de la Mula»), y el inicio de la puesta a punto como si se armara un rompecabezas por pedazos —circuito por circuito, simulando señales, ensamblando módulos mayores. Pero apenas Leonardo (Ichi) encendió el transmisor de banda S, llegó el primer golpe bajo: un trabajador de la Torre de Control denunció que los estaban «cocinando con radiaciones», forzando la paralización del radar hasta que el autor, armado de cálculos y normas soviéticas (las más estrictas del mundo), demostró que no había peligro. No conformes, los acusaron ante RadioCuba por interferir las comunicaciones del aeropuerto; RadioCuba midió y dictaminó que el radar radiaba «en su espectro que parece tomado de un manual», dando vía libre definitiva al Doppler. Pero la fatalidad no se detuvo: los módulos USB de control distribuido, que habían funcionado perfectamente en Punta del Este, colapsaron con el ruido del transmisor de Camagüey, obligando a un paso atrás hacia tarjetas centralizadas y a recablear a toda prisa. Mientras tanto, el software también presentaba su propio calvario: Luisi lidiaba con VESTA|RCP y la adquisición, Wilfre con el procesamiento secundario, y el entronque entre adquisición y procesamiento resultaba tan delicado como «la lanchita de Casa Blanca atracando». El capítulo culmina describiendo la infraestructura informática que Albio y su equipo desplegaron: una red sólida que permitía que los archivos OBS (ultracomprimidos) viajaran desde los radares hasta servidores centrales, donde se ejecutaban ocho instancias del NEXRAD-ORPG de forma simultánea en servidores con CentOS, generando productos terciarios (detección de tormentas, mesociclones, tornados, aeroavalanchas, granizadas) que se visualizaban en cualquier navegador web mediante VESTA|WEBView. El resultado fue un «monstruo» de soluciones eléctricas, electrónicas, de software, IoT e Industria 4.0 que, contra todos los augurios y malos ojos, comenzó su vida útil el 13 de agosto de 2012 —fecha que el lector reconocerá como el cumpleaños de quien encargó la misión—, siendo bautizado por Leonardo como RD-200SX (Radar Doppler, de doble longitud de onda S y X). Se estrenó con la Tormenta Tropical Isaac y tuvo su bautismo de fuego con el Huracán Irma, demostrando que, pese a los 2882 días de desvelos, la misión del Comandante en Jefe había sido cumplida —aunque la historia no termina aquí, pues aún quedaba la epopeya de replicar este éxito en otros radares.
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