
Yo desde pequeño siempre tuve problemas de pie plano y escoliosis, sin embargo, no recuerdo sacrolumbalgias hasta que estuve en la preparatoria y para eso, bastante ligera. En la Unión Soviética el paletó y unas estúpidas botas de invierno que cerraban con zipper y el zipper se «auto-abría» al caminar me molestaban bastante y me daban frecuentes dolores de espalda y de los pies. Realmente la sacrolumbalgia comenzó a molestarme muy en serio en 1989 con el carro que recién me habían otorgado. Unos amigos me dijeron –tranquilo, eso es el pie en cloche, a todos nos pasa. Bueno, me acostumbré a que uno de los «costos» de tener carro era tener sacrolumbalgias frecuentes y traté de poner el pedal de cloche lo más suave posible. Teniendo en cuenta lo que vino después, ciertamente la sacrolumbalgia era un mal menor que sucedía con cierta frecuencia. Felix Gamboa, un compañero de trabajo, me veía y me decía –andas como barco escorado, porque yo me iba jorobando de modo de evitar el dolor que me molestaba. Nada, dormir en el piso, acomodarme de un lado, no hacer nada de fuerza que reforzara el dolor … boberías. Lo verdaderamente malo vino cuando apareció la ciatalgia. Todo empezó porque mi hijo me invitó a que lo acompañara al gimnasio. Sí, bueno, mi hijo ya sabía de que yo desde adolescente trataba de ponerme «jémin». Ahora es mi nieto Orlandito el que me azuza, porque él quiere que tengamos el abdomen con cuadritos como Can Yamán. Él me dice que la parte alta del abdomen la tengo bien, pero que tengo que trabajar la parte inferior. Orlandito no tiene mucho problema porque su hermana Liz Amanda le pinta los cuadritos con un plumón, pero a mí me exige que haga abdominales como bestia. En fin, como siempre, desvarío.
El caso es que Valodia y yo fuimos al gimnasio varias veces y normal; pero un día se le ocurrió que yo, en vez de hacer sentadillas con unas pesas en «modo libre», mejor lo hiciera con unas pesas que rodaban por unas guías como lo hacía él. Al parecer a mi espalda aquello no le gustó y me empezó una «sacrolumbalgia» a la que no hice mucho caso; pero luego de unos días no cedía, al contrario empeoraba y el dolor era cada vez más agudo. Ni Ibuprofeno, ni Naproxeno, ni Metocarbamol ni la Madre de los Tomates, hasta que tuve que rendirme: esto no es sacrolumbalgia y entonces el nombrecito de Ciatalgia se abrió paso.

Mi hija, que era alumna ayudante de Anestesiología cuando eso, me llevó a que me hicieran «un bloqueo». La doctora Paneque agarró una aguja que parecía una espada de torero y metió aquello con gran dificultad entre las dos vértebras con abundantes y escabrosos comentarios. Por poco me desmayo, la Paneque condescendientemente me dijo que era una «crisis vagal», pero yo estaba seguro que era una crisis «pendejal». Nada, eso no me alivió y yo dije que ni loco lo iba a repetir.

Entonces me acordé de mi amigo Pepe, el eminente neurocirujano pediátrico José Montejo. Le expliqué, me hizo una resonancia magnética y calmadamente me dijo –la semana que viene no, pero la otra te puedo operar eso. Y yo –¿en qué consiste la operación? A esas alturas ya yo me había estudiado muy bien toda la anatomía y fisiología de una hernia discal. Pepe muy tranquilo me dice –nada, te saco el disco intervertebral. Y yo –¿y qué pones en su lugar? y Pepe, aun más tranquilo –nada.Y yo que no, que sin el disco eso se desmorona y «se cae», Pepe, condescendiente me explica que no, que todo eso se mantiene en su lugar y me jura por su madre que él lo ha hecho una pila de veces. Y yo que no Pepe, mira, no es por nada, pero yo estoy muy apegado a todos mis discos intervertebrales, a todos, y quiero seguir haciendo ejercicios aunque no le pueda ganar una competencia a Arnold. Pepe me dijo –Orlandito, nada, cuando te sientas listo ven y organizamos «el asunto». Pepe me regaló cinco inyecciones de diclofenaco y me aseguró que a la tercera se me pasarían los dolores; pero no, yo soy un sujeto extraño, a mí el diclofenaco no me alivia nada. De momento, aun no me decido a lo de la operación a pesar de tener a mi amigo Pepe en un pedestal como la eminencia de rango internacional que es y que ha operado hasta en los mismísimos Estados Unidos.

Alguien me sugirió y fui a ver a la doctora Lídice, amiga y fisioterapeuta en el lejano policlínico del INRA. Me hizo de todo con tremendo amor, corrientes, ultrasonidos, masajes, estiramientos, magnetismo, acupuntura, calores, fríos y el copón divino … en fin, de todo lo que estaba a su alcance, durantes cuatro largos meses y «aquello» no cedía. No podía dormir, ninguna posición me era satisfactoria, el dolor era permanente. Terminé dormitando sentado en un sillón de cuerdas de suiza, con los pies levantados, en una especie de posición fetal. Nunca he tenido impulsos suicidas, pero hubo momentos en que, Dios me perdone, no deseaba estar vivo, tan agudo y permanente era el dolor.

Lídice me dijo –ya probados todo lo que tengo aquí ¿por qué no vas con mi amiga la doctora Vivian a que te aplique la terapia neural? Hummm, pero yo en principio, soy contrario a la terapia neural –le dije– eso de aplicar un anestésico en los puntos de acupuntura no me convence. A mis lectores debo aclarar que no era capricho, yo soy de un nivel más que aficionado a la acupuntura, he estudiado los más reputados manuales (sí soy exagerado e inmodesto) y me creo que estoy dos rayitas por debajo de un profesional.

No obstante, no se me ocurría nada mejor y pensé –bueno, con conversar con la doctora Vivian no pierdo nada y allá fui. La doctora Vivian, que es un ángel con no menos paciencia que Lídice me dedicó un tiempo y escuchó el por qué yo no creía en el método. Hablamos y ella comprobó que yo tenía sólidos conocimientos de la acupuntura y la digitopuntura; pero Vivian me demostró que ella estaba siete rayitas por encima de lo que yo creía que yo estaba, algo así como que Vivian es cinta negra quinto dan en acupuntura. Me preguntó –¿te leíste El Gran Libro de la Medicina China de la doctora Lin Ping? Y yo que sí, que me lo leí –dije alardosamente, como si me lo supiera letra a letra. Me dijo, haciendo un acopio de paciencia infinita, –Mira de nuevo, en el capítulo tal, al final del libro y verás que allí viene este método explicado, no es un «invento cubano», es una cosa tradicional. No se inyecta esa sustancia porque sea un anestésico, se inyecta porque es una sustancia de gran peso específico. Te inyecto una gota y esa gota se queda «pesando» sobre el punto, prolongando durante horas el efecto de acupresión sobre los puntos seleccionados. Humm, fui y leí, que yo confío, pero compruebo y volví para presentarle a Vivian mi rendición incondicional y … vengan los muy incómodos pinchazos. Debo decir que además de todo, Vivian me «malcriaba». Ella lo que tenía eran jeringuillas de cristal de las que se esterilizan, con agujas más bien gorditas y despuntadas. Algunos pacientes venían con jeringuillas de diabéticos, desechables, y siempre le dejaban a ella un excedente y Vivian me guardaba de esas para no torturarme mucho.

A la cuarta dosis llegué tarde, Vivian me había esperado, pero una reunión desagradable se prolongó demasiado. Entonces la fui a buscar, ella me había comentado que vivía «por el cementerio» y allá fui yo a rastrear la zona, preguntado a todo el mundo. Encontré la casa, la mujer que vende la leche en el parquecito entendió mi descripción y me dijo, sí, es la esposa del abogado y vive en aquella casa. Ella no estaba, el esposo me dijo que fuera después de las 7 pm. Cuando llegué, ella riéndose, y burlándose –así que sientes mejoría ¿no? si no, no me hubieras buscado «de abajo de la tierra». Vivian me aportó otra cosa que yo llamo «la teoría del tubo de pasta». Ya hoy en día los tubos no son como aquellos a los que se les abría un huequito y se les salía la pasta, pero si uno los estiraba la pasta entraba. El caso es que yo me guindaba de la barra, subía un poco como haciendo tracciones y, sin soltar las manos, dejaba que el cuerpo cayera libremente produciendo una sacudida a mi espalda que descompresionaba la vértebra en cuestión que tenía apretado al disco intervertebral.

A todas estas, durante los casi ocho meses que duró la ciatalgia en su fase más crítica, yo, que soy un kamikaze-masoquista-faquir viajé en nuestro «balamovil» (el vancito Ford que nos dieron por el donativo chino y que manejaba el mostro Albio La Bala), 12 veces a La Habana en mis funciones de Jefe del Centro Nacional de Radares y también a algunos radares, muchas de las veces iba acostado en el piso porque no soportaba ir sentado.

Aún no se me había quitado la ciatalgia (a pesar de nueve dosis de terapia neural con Vivian y los cuatro meses con Lídice) y se nos presentó un viaje a Montreal al que debíamos asistir Leonardo-Ichi y yo. Era muy importante, una oportunidad única para comprobar en la práctica nuestras arriesgadas ideas teóricas sobre cómo hacer un radar Doppler.

Debíamos probar unos equipos (con vistas al Radar Doppler Cubano) e inventar los procedimientos de prueba para verificar que todo se había fabricado acorde a nuestros muy exigentes criterios. Fue un trabajo muy creativo y una de mis mejores experiencias en el trabajo con Ichi, por primera vez teníamos receptores Doppler en nuestras manos como para probar todas nuestras ideas teóricas con un equipo diseñado por nosotros. Fue muy agradable cerciorarnos que habíamos tenido razón en todas nuestras presunciones. El camino de las ecuaciones teóricas a los circuitos está lleno de escollos y dificultades.

Fue muy bueno el trabajo; pero los cubanos, además del trabajo profesional, estamos obligados a traer a Francisco Tilla (algunos le dicen Paco Tilla), uno siempre tiene mil dos necesidades en la casa, así que, ya finalizando el trabajo, le dijimos a los anfitriones que nos dejaran en el Mol Tascheró (Taschereau Shopping Center) que quedaba «cerca» (que no era tan cerca ná, pero nosotros somos caminadores) de casa de Marco donde dormíamos.

Caminamos por aquellos espacios infinitos hechos para ir en carro, más de un kilómetro entre una tienda y la otra, fuimos a cuanta tienda nos hizo falta. Más o menos cada 100 metros yo me tenía que acuclillar porque el dolor no me dejaba avanzar. Ichi aprovechaba y fumaba un cigarro. Yo le decía –no fumes, y él –no te agaches. El caso es que nos cogió la noche. Ichi es un guajiro muy bueno orientándose (en la manigua), pero no se veían bien los carteles de las calles. Nos perdimos y fuimos a dar al fondo del reparto. Caminábamos pallá y pacá. Yo verdaderamente estaba en el límite y a cada minuto me veía obligado a sobreponerme al límite del dolor, ya estaba que tenía que acuclillarme cada 10-20 metros. Ichi cargando con las dos laptops (bastante pesadas en aquella época) y los voluminosos paquetes con las compras de los dos. Yo le decía a Ichi, mira, me quedo aquí, tú sigue y busca a Marco. Ichi que no, que no te voy a dejar solo aquí. Finalmente nuestro sentido de orientación se impuso, habíamos pasado por alto el cartel de la calle de Marco que estaba medio tapado por unos árboles (que además era de noche), dicho sea en favor nuestro.

Cuando llegamos me senté en un de esos asientos que se ven en la foto con los pies por sobre la baranda de madera que daba a la piscina y no me podía mover. Tres ibuprofenos después fue que pude reaccionar. Fue una de mis más críticas experiencias en toda la vida y el punto culminante de la ciatalgia, a partir de allí empezó a aflojar hasta desaparecer. Durante muchos meses mantuve los estiramientos en la barra y claro, todo lo que me habían hecho las doctoras Lídice y Vivian tenía que finalmente hacer efecto, mi agradecimiento eterno para ellas. Fue algo terrible, pero no me rendí, no dejé de hacer nada de lo que me tocaba y no me hice concesiones, seguí adelante con mis siempre napoleónicos planes. Estoy orgulloso de mí mismo en esa etapa de mi vida. Ese año 2010 fue muy duro, pero Albio es testigo de mis logros en ese periodo y que nunca retrocedí.

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