
A finales de los años 60 del siglo pasado, mis padres me llevaban a La Habana y pasábamos una o dos semanas que me permitían saciar mi afición a las películas. Lamentablemente, el moderno cine Ambassador, ubicado en avenida 44, entre 33 y 35, en Playa, estaba fuera de mi alcance, pero aun recuerdo que goloseaba los estrenos que allí se hacían. Pero bueno, como siempre, me desvío de mis intenciones originales, si no es de cines de lo que quiero hablar, recuerden mis lectores que yo a lo que me dedico es a los radares meteorológicos, y si bien quiero hablar de ambassador, no es del cine de Playa.

Pues bien, en el año 2005 estábamos enfrascados en el desarrollo y creación de un prototipo de Radar Meteorológico Cubano Doppler. Para eso, el General de División Rogelio Acevedo, a la sazón Presidente de CACSA y del IACC, había tomado en sus manos la tarea de impulsar la compra de todo lo necesario para poder materializar la encomienda del Comandante en Jefe. Una de las compañías que abastecen a la aviación civil se estaba encargando. Junto a las partes de radar necesarias, también necesitábamos comprar instrumentos de medición especializados para la banda de microondas, sin embargo, el presupuesto estaba muy apretado, nos faltaban más de 110 mil USD. La compañía canadiense pensó que acudiendo a la Agencia de Cooperación de Canadá podríamos obtenerlos. Me llevaron un día al Centro de Negocios de Miramar y sostuve una entrevista con miembros de la Agencia y personal de la compañía canadiense, a quienes expliqué en qué consistía el proyecto y cuales eran nuestras principales dificultades y cuánto agradeceríamos un donativo para adquirir los sofisticados y necesarios instrumentos de medición. Quedé satisfecho con las entrevistas, los canadienses se mostraron muy receptivos.

Yo me alojaba en un cuarto en el Instituto de Meteorología en la Loma de Casa Blanca, acondicionado con literas y baño y que entusiásticamente, llamábamos «casa de visita». Al filo de las 6:30 p. m., dos cubanos que trabajaban en la compañía canadiense radicada en La Habana, vinieron a buscarme con una encomienda: ellos y los de la Agencia de Cooperación habían seguido trabajando en el tema del donativo y pensaron que sería muy útil que yo conversara con la Embajadora del Canadá en Cuba (sí, canadian ambassador, por eso me recordé del cine de Playa).

La idea me pareció bien; pero el problema es que había que ir de inmediato. La embajadora ofrecía una recepción en la embajada. Ya eso no me gustó, los dos cubanos venían vestidos de traje, muy elegantes, y yo, con una camisita de mangas largas, un pitusa y unas zapatillas, no muy nuevas y ya eso no me gustó. Y claro, que la idea de conversar con la embajadora en inglés no me agradaba; pero inicialmente pensé que sería en días próximos y mi carácter es de una naturaleza tal, que todo lo que no sea hoy está en el infinito. Cuando he tenido que operarme no pienso en el salón de operaciones hasta el minuto que voy a entrar, el resto del tiempo pienso que no es conmigo el asunto y para qué preocuparme en avance. Traté de zafarme del compromiso; pero los de la compañía no estaban dispuestos a ceder. Yo «frenado de las 4 gomas» y ellos ¿acaso no quieres conseguir el dinero para los instrumentos? Golpe bajo. Me monté con ellos en el carro ya en plan de «tengo que entrar al salón de operaciones ahora mismo o me muero».

La recepción era en un patio interior muy amplio, habían decenas de personas. Los hombres con sus elegantes trajes y zapatos relucientes. Las mujeres en vestidos, rojos, grises, negros o blancos, con peluquería impecable y manicuri sobria y acuciosa. Yo, en lo que esperaba estaba invocando al hada madrina de cenicienta para que me resolviera alguna vestimenta. Me daba lo mismo un traje de hombre o un vestido de mujer. Los camareros pasaron con sus bocadillos de carne o mortadela ensartados en palillos. Dejé pasar el primero, pero Raúl, el cubano de la compañía canadiense, me dijo –traba y no comas mierda, que cuando llegues a Meteorología ya la comida se habrá acabado y te vas a quedar en blanco. El pensar en atrapar la próxima ronda de bocadillos alivió un poco mis tensiones y me hizo olvidarme de la embajadora, del hada madrina, de cenicienta y de mi vestimenta. Cuando ya habían pasado 4 rondas de aperitivos y otros tantos tragos, ya me sentía más relajado y me daba lo mismo ser cenicienta que el cochero de la carroza.

Entonces veo al cirujano, perdón, a la embajadora, que viene directamente hacia mí, sorteando a los invitados, y es cuando me doy cuenta que el cirujano me va a operar y no me han puesto aun la anestesia. La rubita venía caminando y mirándome, acompañada de alguien que yo supuse que le indicaba: sí, es «ese» y yo. trágame tierra, de qué voy a hablar yo con esta señora tan elegante.

Alguien nos introdujo, y ella dijo —Alexandra, canadian ambasador to Cuba, yo, to apendejao, pero con tremendo aplomo aprendido de 007 cuando dice: Bond, James Bond, dije –Orlando, Radar Engineer from Cuban Meteorological Institute, nice to meet you. Y nos dejaron solos, cada quien se puso en lo suyo o siguió en lo que estaba. Pues nada, que no por gusto los ambassadors son gente muy cepillada y muy bien estudiada, ella es graduada de Foreign Affairs en la universidad de Carleton. Enseguida enrumbó la conversación preguntándome si conocía Canadá, y yo que sí, que a esas alturas ya había estado 6 veces en Montreal. Entonces me preguntó que con qué instituciones había tenido contactos y yo que con la Universidad McGill y entonces finalmente respiré aliviado cuando ella me dijo con una sonrisa iluminada –yo estudié (no recuerdo qué cosa, tal vez un posgrado de algo o tal vez solo trataba de facilitarme la conversación) en la universidad McGill.

Y claro, hablamos de lugares comunes en la universidad y hasta de personas conocidas y ya sentí que la tierra no estaba temblando tanto ná (o eran mis rodillas) y que el piquete del cirujano no dolía tanto, que hasta podía resistir sin anestesia. Cuando entramos en el tema en cuestión, pues ya pude mayorear hablando del proyecto del radar y ella asintiendo como si conociera cada transistor, hasta caer en que nos hacía falta una ayuda con los costosos instrumentos de medición, como los que tenían en el radar de Sainte Anne de Bellevue y ya todo fluyó como una conversación entre dos conocidos hablando de los hermosos bosques y la exótica (para un homus tropicalis como yo) fauna que rodean al radar del Marshall Radar Observatory muy cerca del MacDonald Campus, a unos 30 km al oeste del centro de la ciudad, donde una vez por poco me congelo en una parada en el frío invierno del año 2007; pero ya esa es otra historia, no debo seguir desvariando.

Al terminar la conversación con la distinguida y excelentísima embajadora uno de los ingenieros canadienses de la compañía, para no hacer como Blas e irnos rápidamente una vez terminado el asunto, me acompañó, nos sentamos en una mesita aparte y en gesto muy solidario (por supuesto, se daba cuenta de lo incómodo y surrealista que me resultaba estar vestido de campismo en una reunión tan elegante) se quitó la chaqueta, se remandó las mangas y se zafó la corbata y nos pusimos a discutir aspectos de la electrónica de radar en lo que la recepción continuaba. Más tarde me llevó a cenar (barruntando que cuando yo llegara a Meteorología ya se habría acabado la comida) y me montó en un taxi pagado por él por adelantado. Después de eso vino lo que ya narré sobre los famosos ingenieros de Camagüey.

Para no alargar el asunto, nos concedieron el donativo, compramos los costosos instrumentos de medición (un analizador de espectro, un generador de señales y algunas otras cosillas muy importantes) que fueron durante muchos años los juguetes favoritos de nuestro ingeniero principal, Leonardo, No es de subestimar este donativo. Estos instrumentos nos permitieron poner a punto los complejos circuitos del radar RD-200 SX, el prototipo de Radar Meteorológico Cubano Doppler, que nos encargara el Comandante en Jefe. No solo eso, también nos permitieron hacer los estudios del campo de microondas radiado por el radar en su entorno para que nos autorizaran a operar el radar. Aprendimos muchas cosas que después nos permitieron brindar servicios en otros países. Teóricamente conocíamos todo, pero estos instrumentos nos permitieron llevar a la práctica los conocimientos. Leonardo perfeccionó su dominio de las microondas y los radares que lo llevó a convertirse en uno de los mejores ingenieros integradores de radar del mundo. Nunca podremos agradecer lo suficiente a la embajadora, a la Agencia de Cooperación Canadiense, a la firma (cuyo nombre me reservo para no buscarles un problema) y a todas las personas que propiciaron que se materializara este donativo. A nombre de nuestro país, gracias.

Después de 16 años de servicios distinguidos, estos instrumentos tuvieron un final abrupto e inmerecido. Fue doloroso que un mes después de haberse ido Leonardo del Centro de Radares, ya los instrumentos no encendían, nadie se había ocupado de encenderlos y darles el cariñito diario que le daba Leonardo, fallecieron, R.I.P, estoy seguro que habrían tenido aun mucha vida por delante en las manos cariñosas y expertas de alguien como Leonardo.


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