
Ya quedan pocos sillones de limpiabotas en la ciudad de Camagüey, es un oficio honroso que va desapareciendo, en parte por el tipo de calzado que usa la mayoría de las personas y en parte porque es más rentable revender cualquier cosa en la sala o en el portal o el garaje de su casa. Prácticamente en cualquier cuadra hay 3 o 4 quincallas y en las calles más céntricas es una al lado de la otra; pero bueno, dejemos a los revendedores en paz y volvamos a los limpiabotas y a mi anécdota. Estaba yo haciéndome limpiar mis zapatos de piel con el limpiabotas de la calle República al lado del parqueo.
Conversábamos de esto y de aquello, de la gente que no quiere ya trabajar y de repente el hombre me hace una historia –mira, para que tú veas cómo son las ironías, está el caso de esos ingenieros que han hecho maravillas en los radares cubanos, que no es por orgullo camagüeyano -me aclara enfáticamente- pero que realmente son «de los mejores del mundo»- yo inflandome, se podrán imaginar y él sigue- y mira, fueron a montar un radar a «Indonesia» y los botaron porque a los jefes no les convenían y los tenían atravesados- y de ahí pasó a despotricar de (bueno, esa parte la omito)- y nada, dicen que ellos siguen aquí en Camagüey y siguen resolviendo problemas para el Estado y no se van del país. Yo, orgulloso de habernos convertido en una leyenda urbana le pagué y le dije -sí, yo los conozco, muy trabajadores y esforzados- le dije yo, pensando que a unos cuantos jefes le vendría bien un poco de humildad como solían tener los grandes como el de la foto.
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