Radares Mirando al Sur

Fundamentos, Tecnologías, Aplicaciones, Historia y Memoria

Decepciones y satisfacciones

Desde muy pequeño aprendí a no hacerme muchas ilusiones. Como dice el dicho «No se debe vivir de ilusiones para no morir de desengaños». No obstante, aunque uno no quiera, allá en el fondo de la mente, por más que uno trate de reprimirlo siempre hay un rayito de esperanza de que se dé algo que uno desearía aunque uno nunca lo diga en voz alta. Yo siempre fui auto-reprimido, me apenaba pedirle algo a mis padres, por muy pequeño que fuera. Otras veces no es ni siquiera una cosa que uno anhele, sino que es una visión que uno se hace sobre algo futuro a partir de cosas que lee u oye y después resulta que todo es distinto. En contraparte, a veces la vida te concede, de forma bastante inesperada, cosas con las que nunca soñaste. Narraré algunas cosas que me han pasado y las iré clasificando como decepción o como satisfacción.

Mi infancia fue bastante convulsa, en los primeros años de la Revolución mi padre era dirigente del Azúcar en Las Villas y mi mamá dirigente de la FMC en esa misma provincia (sin salario, totalmente gratuito, lo que conllevó a que esos años no le contaran para el retiro). Ambos vivían dedicados intensamente a la actividad revolucionaria y recorrí toda la provincia y todos los centrales porque no tenían con quién dejarme. Lamentablemente mi padre comenzó con una inclinación a la bebida indetenible y culminó en divorcio cuando ya mi mamá no pudo aguantar más. Fue confuso y muy estresante para mí. Mi papá murió de un infarto un poco después, supongo que en 1965, ya estando irreversiblemente alcoholizado. Aquellas discusiones me resultaban insoportables. Yo anhelaba que se llevaran bien y no discutieran porque ambos eran magníficos para mí y yo los quería mucho a los dos. Fue frustrante y decepcionante que aquello no se pudiera arreglar y era lo único que yo anhelaba.

Al divorciarse, mi mamá retornó a Camagüey, el 31 de diciembre de 1963. En la casa de su padre, mi abuelo, se produjo un cisma, los hijos se pelearon con él porque él, después de muerta mi abuela en mayo de 1963, se había vuelto a casar con una mujer mucho más joven. Dividieron la vieja casona familiar y a mi mamá le construyeron un precario cuartico, sin condiciones y allí vivimos. Mi mamá conoció a Humberto, que me crió el resto de mi vida. Yo anhelaba fuertemente vivir en un lugar «normal»; pero nunca lo dije. Vivíamos en ese cuartico que Humberto amplió un metro y medio para albergar la cunita de mi hermano Humbertico, donde la taza del baño era uno de los asientos de la mesa para comer. La vida me dio por fin esa satisfacción, a Humberto le dieron la casa de San José 577, donde viví muchos años y donde ellos murieron. Allí se cumplió mi sueño, teníamos una casa y una vida bueno … bastante normal.

Como todo niño, a la edad que me conoció Humberto, yo anhelaba en secreto una bicicleta. Mi papá Humberto, que me adoró desde el principio, me había prometido comprarme una. Yo nunca dije nada, la situación económica nuestra era muy apretada y después, a fuerza de no tenerla, lo de la bicicleta fue pasando y perdí el interés en aprender a montarla. Aunque cuando aquello fue más bien decepcionante, la Vida me dio la satisfacción de la bicicleta muuuuchos años después y ocurrió esto de forma brutal. Ya con 37 años, en 1993, en lo más agudo del periodo especial, ante la paralización total del transporte, en el trabajo … nos vendieron bicicletas. Con miedo, pero el día que nos las dieron en el trabajo salí montado, haciendo eses y con las manos aferradas al manubrio, derritiéndolo. Mis amigos iban a mi lado custodiándome. Y nada, tarde pero se cumplió mi deseo y de qué manera, todo el día en la bicicleta. Lo gracioso es que ya hacía cuatro años que yo manejaba mi auto, que también estaba paralizado por falta de gasolina, gomas y batería.

Yo, que nunca he sido valiente, pero sí temerario y dada mi afición a la lectura, soñaba fantasiosamente con ser piloto y allá fui yo, con tremendo embullo para «Los Camilitos». Sin embargo, yo estaba en un plan vacacional cuando convocaron a los exámenes médicos para el ingreso. Cuando llegué, me mandaron a hacerme los exámenes médicos junto con los del Servicio Militar Obligatorio. Aprobé esos exámenes sin dificultad (para el SMO tol mundo está apto hasta que se demuestre lo contrario). Entré a los Camilitos muy entusiasmado; pero el Sargento de mi Compañía enseguida notó que yo no estaba apto ni para repartir agua. Vinieron a hacer exámenes médicos a los Camilitos, al parecer no todo el mundo se los había hecho. El Sargento me llevó para allí y le dijo al jefe de la Comisión Médica -mírame bien a este, si está apto, mi abuela es cosmonauta. Y efectivamente … pafuera, pies planos, escoliosis, miopía y poco desarrollo físico. En fin, una calamidad, fin del sueño.

En Secundaria y Pre no tuve grandes satisfacciones salvo el poder estudiar bien. En el Pre me decepcioné de unos cuantos dirigentes de la FEEM y la UJC, pero fue un buen aprendizaje para saber a que tipo de gente mantener a distancia, esas vivencias las narré en el post de Sacrificar al Peón. Fue una época muy apretada económicamente, tenía lo justo, no me faltó la comida ni la ropa ni los zapatos; pero nada de ropa de moda, mucho menos de lujos, bueno, como la mayoría de mis compañeros. Añorábamos cosas mejores, pero eso yo lo tenía bien bien reprimido, jamás me quejé. A pesar de la incertidumbre de no tener una buena Orientación Vocacional, y el buen susto que pasé, finalmente cogí una carrera que me resultó muy agradable. La escuela de idiomas (para idioma inglés) fue un martirio para mí, pero resultó muy satisfactoria a largo plazo, mérito de la visión de mi mamá.

La llegada a la Unión Soviética fue una gran decepción. No es que yo anhelara algo especial para mí, es que uno leía las revistas soviéticas. (Sputnik, Mujer Soviética, Unión Soviética y otras que no recuerdo), a todo color, mostrando los logros de la Unión Soviética y uno se hacía ideas. Justo recién antes de viajar yo había visitado una gran exposición de los logros de la URSS en el Capitolio y había salido deslumbrado por el desarrollo que se mostraba. A fin de cuentas la Unión Soviética era la segunda potencia mundial, uno fantaseaba e imaginaba. Ya desembarcando por el puerto de Odessa, las cosas no me parecieron bonitas; pero pensé -bueno, ya en Moscú todo será mejor. Llegamos al aeropuerto y de ahí en guaguas a una plaza grande, supongo que céntrica, no recuerdo. Todos los centros de estudios venían a recoger a su gente, a nosotros los del Instituto de Transporte, se demoraron en recogernos, fuimos despidiendo a casi todos y veíamos los transportes en que venían a recogerlos. A nosotros, los del Instituto de TRANSPORTE, vinieron a recogernos en un furgón polvoriento que parecía más bien que transportaba papas. Sí, decepcionante, un poco, era solo el comienzo y bueno, nada, uno acostumbrado a las escuelas al campo y las carretas no se aterroriza por eso.

Llegamos al Albergue 1, donde estaban concentrados TODOS los extranjeros, que no eran muchos. Yo lo hallé feo, oscuro, los escalones de mármol de las escaleras bien gastados en el centro, en fin una cueva. Los que vivían allí eran felices. Estaba tan cerca del Instituto que podías rodar desde la cama hasta la puerta, no había que coger guaguas. En fin, que yo esperaba algo más moderno, más luminoso, no sé. A los de Automática pronto nos mudaron para el Albergue 4 que a mí me encantó, más moderno el edificio, con elevador, más luminoso, bueno, era para mí una notable mejoría aunque había que coger guagua o trolebús.

La comida también fue una decepción; pero de eso ya hablé en La Historia de un Hombre contada por sus comidas. Otro factor importante era la falta de sol. El otoño moscovita es lluvioso, gris, opaco y así día tras día hasta que uno se resigna aunque nunca me acostumbré. Para mí los días soleados eran una bendición, muy escasa. Con el invierno, por supuesto todo empeoraba, porque además de la falta de sol aparecía la nieve, el hielo resbaloso en el suelo y el frío atroz. Sin embargo, la primavera es una verdadera resurrección, nunca he vivido nada como la primavera moscovita, siente uno deseos de brincar, de amar, de correr, de nadar (tranquilos, en cuanto entras al agua se te pasa, incluso en una piscina con «calefacción»), en fin, renacen las ganas de vivir. A la larga, fue una experiencia excepcional, muy satisfactoria en todos los órdenes, me fui volviendo un poco «ruso» al ir dominando el idioma, la cultura, la idiosincrasia, la comida, la literatura, las costumbres y aprovechando al máximo la sin igual oportunidad tecnológica y científica. Mi alma es en un gran porciento rusa, no solo por la tecnología asimilada.

Los cambios bruscos siempre son angustiosos. Al terminar los estudios se produjo un salto en todos los órdenes: cambiar de país, aunque pudiera pensarse que uno «retornaba» a lo suyo; pero ya nada era como lo dejaste (no en balde la Tierra gira sin cesar), volver al clima cálido y soleado tan añorado; pero … contra, no tan fuerte y lo más importante, pasar de la vida de estudiante a la vida de trabajador. Para mi decepción, en Camagüey la automática ferroviaria estaba en cero (humm, lo sigue estando 44 años después cuando escribo esto). Entré en una angustiosa incertidumbre, elegir dónde trabajar no era una cosa trivial. Narré en detalle cómo me afilié al Instituto de Meteorología, fue una serendipia, y allí me quedé 42 años hasta que no me quisieron más. Fue verdaderamente una satisfacción trabajar en Meteorología y en los Radares, no me equivoqué en la decisión drástica de «divorciarme» de la especialidad que estudié y empezar casi de cero en la nueva especialidad de radares.

A ver, no es que yo me creyera cosas; pero … resultaba un poco decepcionante, les explico. Yo traía un expediente … poco común. Había sacado cinco puntos en todos los exámenes (algo que muy pocos en toda la larga historia de mi Instituto habían logrado, incluyendo a los rusos). En las universidades occidentales le llaman Summa Cum Laude (que significa: con los más altos honores). Tenía dos publicaciones en revistas científicas y una patente en la Unión Soviética. Me habían otorgado mi primer Sello Forjadores del Futuro (en total fueron cinco, cuatro ya como trabajador). Traía yo una carta firmada por el Jefe de Cátedra Breleev y el Decano Grigorin Riabov solicitándome para ir a hacer doctorado directo. Sin embargo, para entrar a la Academia de Ciencias (el CITMA solo surgió 13 años después) fue una agonía que duró tres meses (para que el Transporte me liberara) y para coger la plaza de Aspirante a Investigador … estuve seis años. Lo que más me decepcionó fue que en 42 años ningún jefe me preguntó cuál fue mi promedio académico ¡Y lo duro que tuve que pulirla para sacar cinco en todo!, ni siquiera le importó a nadie. En cambio los asesores rusos sí me apreciaron y se esforzaron en transmitirme toda su sapiencia en radares.

Fue también decepcionante, que al terminar mi primer año de trabajo mis jefes cubanos no pudieron darme la evaluación de Excepcionalmente Positivo a la que yo fuertemente aspiraba porque me había esforzado al máximo. En cambio, los asesores soviéticos ya me consideraban un experto de radar y me recomendaban con sus superiores como «el hombre con el que hay que ver todos los asuntos de radar en Cuba». No fue hasta el año 2003 que los jefes cubanos llegaron a esa conclusión y crearon el Centro de Radares en Camagüey. Nada, nunca trabajé por un cargo ni por un reconocimiento; pero es decepcionante que uno trabaje duro y los jefes no lo noten, es como dicen «nadie es profeta en su tierra». Sin embargo, he tenido muchas satisfacciones y reconocimientos de los trabajadores (comenzando por el monstruo Maroto, que me eligió de jefe cuando nos conocimos), de los colegas extranjeros y bueno, también numerosas distinciones de la Ciencia en Cuba; pero lo más satisfactorio. lo que nadie puede negar ni quitarnos, está en los propios radares, Res Non Verba, como dirían los romanos.

El problema de la vivienda fue una enorme decepción que dejó profundas huellas en mí. Yo siempre pensé que yo debía dedicarme a los radares y que el estado y el gobierno debían ocuparse de proporcionarme una vivienda, dado que formar a un especialista en radares es algo bien difícil. Cuando iba a nacer mi hijo Vladímir, pedí la baja para irme para un central a resolver el problema de la vivienda. Pedro Martin, a la sazón director (de dedo) del Centro Meteorológico me dio albergue en una apartamento que tenía el Centro en el 12 plantas de Montecarlo, me fui de allí porque presionaban a Pedro para que me sacara, y pasé por un proceso terrible, saltando de una vivienda a otra. Nuevamente pedí la baja, pero esta vez el Delegado del CITMA, me detuvo y me asignaron un apartamento en 1987. Con los años, el apartamento se me hizo pequeño y disfuncional y comenzó una nueva agonía de varios años hasta que el gobierno me permutó en 2003 (luego de muchas gestiones personales) para la casa que vivo ahora, que, aunque un poco ruinosa, es grande y está ubicada en el centro del pueblo. Este proceso me causó una angustia indescriptible, al ver que de nada valía ser un buen especialista. En todos esos años vi montones de personas resolver buenas viviendas por influencias personales o por ocupar efímeramente un carguito en estructuras del gobierno o del partido … y de esos, una buena parte emigró.

Ninguna de las decepciones y agravios anteriores se compara con lo que se me vino arriba con el período especial. Desde 1989 que nació mi hija Orlý con un soplo en el corazón (y toda la angustia que esto trajo aparejada) las cosas comenzaron a ir para peor; pero el premio mayor se lo lleva el año 1993. Yo, padre de dos hijos pequeños, persona acostumbrada a trabajar solo para el Estado, que consideraba lo de hacer trabajos particulares como un «delitus tremens«, me vi literalmente asfixiado. Tuve que reaccionar, dejé a un lado mi filantrópica actividad de repararle televisores Caribe a muchísimos vecinos (de forma totalmente gratuita) y me dediqué a fabricar protectores de refrigerador y a venderlos. Fue como un segundo doctorado. Modestia aparte, con piezas recuperadas logré un modelo mejor que los modelos industriales que actualmente se venden. A eso dedicaba incontables horas, por supuesto, en las noches y madrugadas. Ese cambio me trastornó profundamente. No obstante, seguí aferrado a mi trabajo en los radares y en 1997 logramos el primer radar completamente automatizado de Cuba. No solo eso, también en ese mismo periodo escribí y defendí mi tesis de doctorado. De 1993 a 1999 fue el periodo más creativo de mi quehacer ingenieril.

No, no abandoné a mi familia, iba en bicicleta al trabajo desde Puerto Príncipe (unos 7 km ida y vuelta), al regresar, llevaba, también en bicicleta, a mi hijo al karate (en la Planta Eléctrica) y a mi hija al ballet (en el Copacabana), unos 8 km ida y vuelta todo el recorrido, pasando a veces por casa de mis padres. Luego venía lo de hacer protectores y estudiar hasta bien tarde. A pesar de lo decepcionante de la situación, lo acogí todo con un alto espíritu de superación y lleno de esperanzas y fe en una vida mejor sin irme del país. Miro hacia atrás y me siento orgulloso de este período de mi vida. Algunos viejos amigos me traen equipos rotos que nadie les quiere reparar y creen que yo todavía soy aquel…tengo que decir como Paul McCartney –I’m not half the man I used to be.

Del 1999 al 2018 tuve un período repleto de satisfacciones de todo tipo, personales, intelectuales, profesionales, científicas y «viajísticas» con muy pocas decepciones. Salvo la operación de vesícula antecedida por unas cuantas crisis aisladas, puedo decir que no recuerdo haber tenido malos ratos. Trabajé para el Estado Cubano muy duramente, los trabajos particulares habían quedado atrás porque los numerosos viajes al extranjero me dejaban en una posición económica, digamos que desahogada, lo suficiente para vivir sin preocuparme de hacer protecciones de refrigerador. Terminamos la automatización de todos los radares cubanos, cumplimos con la encomienda del Comandante en Jefe de fabricar el prototipo de Radar Meteorológico Cubano (Doppler), recibimos numerosas distinciones y las más altas condecoraciones de la Ciencia en Cuba. Mis primeros viajes al extranjero (no soviético) fueron en plan de aprender y asimilar tecnologías (Canadá, Estados Unidos, Italia, Inglaterra, Alemania) en los mejores laboratorios, fábricas e instituciones del mundo de los radares, pero ya a partir del 2005 comenzamos a viajar (o a recibir personas) para compartir nuestros conocimientos y ayudar a otros: Sudáfrica. República Dominicana, Venezuela, Nicaragua, Colombia, Guatemala, Honduras, Costa Rica. En fin, un período en el que se materializaba nuestro esfuerzo extraordinario y el mundo entero reconocía la valía de nuestro trabajo.

Con respecto a las personas, a lo largo de toda mi vida muy pocos han logrado decepcionarme. Soy muy bueno «leyendo» a las personas y casi siempre sé qué esperar de cada uno como para que no me decepcione. No obstante, han habido «deshonrosas» excepciones; pero bueno, así es la Vida, no soy infalible, o tal vez a veces el corazón manda aunque el cerebro alerte.

A partir de la pandemia, las cosas empeoraron y empeoraron y …ya realmente no sé a dónde vamos y no entiendo lo que sucede. Decepcionan muchas cosas que ni voy a enumerar, todos las saben. Ya casi no se trabaja, el Estado se ha desentendido de los de abajo y los jefes llevan un modo de vida cada vez más alejado del pueblo ¿Continuidad? Mis lectores tienen la palabra.

No puedo decir que las cosas que sucedieron que llevaron a la expulsión de mis tres mejores ingenieros-discípulos-colegas-amigos-compinches y a mi separación deshonrosa como jefe y posterior jubilación, me tomara de sorpresa. Desde el año 2012, con el cambio en nuestro ministerio yo veía venir las cosas. Yo sabía que un día u otro iba a suceder, todo era cuestión de que tuvieran el pretexto. Lo decepcionante es que NADIE en toda la institución y por encima, interviniera, no a favor de nosotros, si no a favor de los radares. Fue bochornoso lo que hicieron, unos por cuidar sus prebendas personales y otros por no meterse en un problema. La Vida dirá la última palabra, a mis reclamaciones los jefes del CITMA dijeron que yo no tengo razón.

Sí, duele y decepciona que después de tanto esfuerzo intelectual y físico para fabricar TRES radares Doppler (dos desafiando lo más intenso de la pandemia) siguiendo las indicaciones del Comandante en Jefe, NINGUNO de los tres funcione en modo Doppler, estando en Cuba todo lo que hace falta para que funcionen, rompiéndose por falta de uso en los almacenes. Habiendo tantas cosas compradas para ir llevando todos los radares al prototipo, según la estrategia y la táctica trazadas por Fidel y su grupo de apoyo, todo se vaya desmoronando. Si alguien traicionó el legado, esos no fuimos nosotros, la Historia pondrá la verdad en claro, que muchas personas de bien conocen lo que sucedió. Nosotros, en cambio, tuvimos muchas satisfacciones dejándole el listón alto a los que vienen detrás, y dejando pedazos de nosotros mismos en cada radar, si no me creen tiren un vistazo a nuestros Hitos.

Nada, nosotros seguimos en Cuba, trabajando para el Estado cubano y para el país. Seguimos amando a los radares y si no nos contratan es porque no quieren. Por otro lado, trabajo no nos falta. Paradójicamente, ahora hacemos trabajos de menor complejidad y ganamos mucho más; pero seguimos siendo expertos de radar, habilitados por varios fabricantes extranjeros. Once países del mundo saben de nuestras habilidades de montaje y reparación. Nosotros estábamos entre las siete instituciones en el mundo capaces de fabricar todo de un radar meteorológico con know-how propio. Alguien responderá algún día el por qué Cuba perdió esa posición; pero bueno, hay cosas más importantes que los radares como el transporte, la comida y la energía eléctrica que están peor que estos.

Nada, como diría un quebecoise (sí ahora, finalmente, le estoy metiendo a estudiar francés como me lo prometí en mis siete viajes a Montreal): c´est la vie. Yo prefiero decir: La vita è bella en italiano. Aún tengo muchas cosas por hacer y seguimos con nuestro mismo estilo de trabajo.

Si mi paciente lector quiere saber más de mis fracasos puede leerse el post:

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