Radares Mirando al Sur

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Limpiando autobuses en el invierno moscovita

Yo creo que era finales de marzo ya, no era lo más crudo del invierno; pero para un cubano era puñeteramente frío. Las noches y madrugadas de mi Moscú querida no tenían nada que ver con la romántica canción de «Noches de Moscú» (Подмосковные вечера) que uno había oído en Cuba y que era un ícono cultural de la Unión Soviética. Pues sí, allá fuimos nosotros a parar, a trabajar en un lavadero de autobuses (Мойка автобусов, moika se dice en ruso), relativamente cerca del albergue. Mi asombrado lector estará pensando ¿y a quién se le ocurre meterse con ese frío a lavar autobuses de noche/madrugada en Moscú? Siga leyendo y le cuento.

Ciertamente no creo que fuera idea de alguien de nosotros, quiero decir de mis compañeros cercanos, me refiero a seleccionar precisamente «ese» trabajo. El caso es que la UJC y la Embajada de Cuba en la Unión Soviética nos convocó a trabajar para recaudar fondos para el XI Festival de la Juventud y los Estudiantes a celebrarse en el verano en La Habana y bueno, mi generación nunca le tuvo miedo al trabajo y ayudar al Festival nos parecía una labor honrosa. Nosotros nos educamos en el amor al trabajo. Seguramente lo gestionaron por el Decanato de Estudiantes Extranjeros del Instituto. Nadie nos obligó, era totalmente voluntario y nosotros nos sentíamos bien haciéndolo. Participamos hembras y varones por igual. De hecho algunos estudiantes no participaron en los trabajos.

Por otra parte, era una experiencia vital muy interesante. Primero describiré el trabajo. Era un parque de guaguas bien grande. Las guaguas iban terminando sus turnos, los choferes llegaban y parqueaban sus autobuses sucios del día en el patio y uno o dos choferes los pasaban unos tras otros por el lavadero. Se trataba de un túnel con cepillos giratorios laterales y superior. La guagua entraba al túnel y recibía chorros de agua y los cepillos se encargaban de limpiarlos por los costados y por la parte superior. Una vez que salía del túnel nuestro trabajo consistía en lavarle los parabrisas frontales y traseros y entrar con la maguera y lavar los asientos.

No, no eran así de bonitas, esta «moika» es moderna.

Uno se encargaba de la manguera y otros dos de los trapeadores para pasarle agua jabonosa por los cristales y luego el de la manguera los lavaba y la guagua seguía su curso. Así, guagua tras guagua, toda la noche. Al principio ponían a alguna mujer de los obreros habituales de allí; pero luego, cuando comprobaron que éramos muy formales y acuciosos nos dejaban solos. Fue duro.

Nos daban guantes y botas de goma y delantales. Hacía frío, huelga decirlo. Había que ponerse las botas de goma con «peales» (esa palabreja yo me la sabía de haber leído en español numerosos autores rusos, следки, que se translitera sledki). Son una especie de medias incompletas, de lana, o simplemente trapos de lana para cubrirte y calentarte los pies. por dentro de las botas. En general, había que ir muy bien abrigado. Imaginen ustedes, tener «ropa de trabajo» para el crudo invierno, en Cuba uno se pone cualquier camisa vieja y un pantalón medio ripiao, pero allí no, había que ir muy bien abrigado.

En días así los autobuses retornaban bien sucios.

Trabajábamos en dos turnos, uno era «a lo temprano» y el otro terminaba sobre la 1 am, que por supuesto, era el más desagradable. Dentro del turno había un receso, creo que como de 30 minutos, se podía ir a la cafetería y comer algo y después refugiarse en un lugar calentico. Allí era que confraternizábamos con los trabajadores de allí, generalmente venía el jefe de cuadrilla y los sacaba, a nosotros no, éramos disciplinados y chequeábamos el tiempo para no pasarnos. Habían choferes de esos muy cumplidores que pasaban una guagua tras otra sin descansar, otros eran un poco holgazanes, pero siempre había mucho trabajo.

Así, dando trapeador por delante y por detrás para dejarlos relucientes.

Esto ocurrió en el segundo semestre de segundo año. Había una cantidad infame de clases de laboratorio de circuitos de alto voltaje, de Física, de Electrónica. Los más difíciles eran los de Electrónica porque no seguían la secuencia de las conferencias, te tocaban de cualquier tema. Había que estudiarse el tema y responder preguntas teóricas antes de entrar a hacer el laboratorio. Teníamos un profesor muy estricto, candidato a Doctor (PhD), hacía numerosas preguntas teóricas, nos «encueraba» y nos viraba para atrás, a estudiar y ven otro día, se acumulaban los laboratorios pendientes. Luego, cuando uno lograba pasar el «examen», entonces hacías el trabajo de laboratorio, preparabas tu informe y venga preguntas y vayan y estudien. Un día nos preguntó que por qué nos veíamos cansados y con bajo rendimiento. Le explicamos. Dijo –loable propósito, pero ni un ápice de compasión añadió a su proceder. Sin embargo, el día del exámen llegó al aula y le dijo a los dos profesores-examinadores –de los cubanos tengo la más alta opinión y créanme, eso pesaba. Fue duro, pero salimos muy bien en todos los exámenes.

La tropa de primero, segundo (yo estaba en segundo año), tercer año y cuarto año.

Al finalizar el trabajo se hizo un acto político allí en el parque de guaguas. Fue emotivo, los trabajadores hablaron muy bien de nosotros y bueno se habló del Festival y su significado. Los jefes se sentían un poco amoscados de saber que nosotros no recibimos ni un kópek y todo el dinero era para el Festival, pero nosotros estábamos felices de haber contribuido. Mucho más después que vimos las imágenes y los reportajes del Festival. Lo cierto es que a partir de ese momento, al montarnos en las mañanas en los autobuses de la ruta 19 para ir al Instituto ya uno miraba con otros ojos esas guaguas limpias y relucientes.

Así eran las guaguas, este es un museo.

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