Radares Mirando al Sur

Fundamentos, Tecnologías, Aplicaciones, Historia y Memoria

Ser culto es el único modo de ser libre. Vigencia del ideario martiano

Escuelita rural obre. Bandera cubana. Busto de Martí. Frase de Marti. Maestros ambulantes.

Aulas multigrado donde se mezclan voces y edades, internados que son hogar en la montaña, maestros que caminan la distancia con el corazón por delante: así siembran las escuelas rurales cubanas la luz del conocimiento en los parajes más apartados, cumpliendo el sueño martiano de que la patria se teje desde cada niño, desde cada rincón.

Esa misma luz que los maestros siembran en cada niño, también viaja, cruza mares y se instala en otros corazones. Porque el sueño de Martí —la patria grande que abraza a todos— no entiende de fronteras. Lo comprobé una vez, a fines de los años 90, con un visitante inesperado.

Fue en 1998, creo recordar. Pedro García, un humilde trabajador del Servicio Meteorológico de República Dominicana, consiguió, vaya uno a saber cómo, que le pagaran una breve pasantía con nosotros, en el radar MRL-5M de Camagüey. Era el radar insignia de la innovación tecnológica, recién instalado en La Loma de la Mula en su versión automática, con sus 500 kilómetros de mirada electrónica vigilando el cielo cubano. LAMULA es ahora nuestra marca comercial de productos de radar.

El colectivo del radar de Camagüey —en ese momento formado por Rafael, Bisbé, Rixsy, Leandro, Eduardito y Picón, con las auxiliares Odalys y Neisy— lo acogió con mil amores. Era nuestra primera experiencia internacional y no escatimaron esfuerzos para transmitirle sus sólidos conocimientos de radar y meteorología.

El radar estaba en la cima de la Loma de la Mula, a unos cuatro kilómetros al norte de la circunvalación, un paraje solitario y árido donde el viento silba entre los matorrales.

En el camino hacia el radar hay una escuelita rural. No es que esté en un lugar muy recóndito —del centro de la ciudad la separan menos de 10 kilómetros— pero por allí no pasa un alma y los pocos habitantes trabajan localmente, viven bastante aislados unos de otros. A todos los efectos, es un rincón de Cuba como tantos otros: humilde, polvoriento, pero vivo.

Un día, cuando pasaron frente a la escuelita, Pedro expresó su deseo de ver cómo era la escuela, que no estaba retirada del camino. Llegaron.

Una maestra jovencita se afanaba con unos pocos niños de diferentes edades y grados escolares. Al conocer quién era el visitante, venciendo su timidez, reaccionó como si toda su corta vida no hubiera sido más que un ensayo para ese instante. Los niños formaron, saludaron al visitante, cantaron el himno nacional y, como si hubiesen sido entrenados para ello, comenzaron a mostrarle sus habilidades.

Cantaron, recitaron, le mostraron sus destrezas en una computadora con un Windows incipiente —sí, recuerden qué año era, yo terminaba mi tesis de doctorado y no tenía computadora en mi casa.

Una niña, de las mayorcitas pero pequeña para su edad, percatándose del país del visitante y exhibiendo un conocimiento de historia de persona mayor, se lució. Le habló del Generalísimo Máximo Gómez, recalcando su natal Baní en República Dominicana, y hasta invocó el Manifiesto de Montecristi, firmado en ese país por Gómez y Martí.

Yo no estaba, pero dicen que a Pedro García el polvo del camino le había hecho daño y gruesas gotas caían de sus ojos de hombre noble de pueblo. Un mulato que solo porque te lo decían sabías que no era cubano, porque yo les juro que conozco a varios cubanos muy parecidos a él. Es tan emocionante el recuerdo que al parecer a mí también aquel polvo me sigue molestando en los ojos —no sé por qué, si ya han pasado muchos años.

Aquella niña debe estar hoy trabajando de maestra de Historia.

Y entonces recordé aquella pregunta que un caballero dominicano le hizo a Martí en 1884, y que el Maestro recogió en su artículo «Maestros Ambulantes», publicado en la revista La América:

«¿Pero cómo establecería usted ese sistema de maestros ambulantes de que en libro alguno de educación hemos visto menciones, y usted aconseja en uno de los números de La América, del año pasado que tengo a la vista?»

No sé usted, amable lector, pero yo siempre sentí curiosidad por saber quién era ese «entusiasta caballero de Santo Domingo».

Esa idea que Martí esbozó en 1884 no quedó en el papel. Al año siguiente, Francisco Gregorio Billini —presidente dominicano, educador y admirador de Martí— la convirtió en ley con su «Reglamento para Maestros Ambulantes». Aunque su gobierno duró poco, la semilla estaba plantada. Y hoy, como bien sabe mi fiel lector, ese término ha florecido en Cuba de una manera hermosa y práctica: en los maestros que acompañan en sus domicilios a estudiantes que, por condiciones de salud, no pueden asistir a la escuela.

Así son, desde hace décadas, estas humildes escuelitas: aulas donde se mezclan voces y edades, internados que son hogar en la montaña, maestros que caminan la distancia con el corazón por delante. Garantizan la educación primaria incluso para comunidades de muy pocos niños, en los parajes más apartados.

Este empeño por llevar «números y letras» a cada rincón del país encuentra su raíz más profunda en el ideario de José Martí, para quien la patria no podía construirse dejando a nadie atrás. Así, cada maestro rural, con su entrega cotidiana, actualiza la visión martiana de que la verdadera república se funda con la educación de todos sus hijos, incluso —y sobre todo— en los parajes más apartados. Porque, como soñó Martí, «patria es humanidad».

Y porque a veces, en el polvo de un camino solitario, dos patrias se encuentran en la mirada de una niña que sabe quién fue Máximo Gómez.

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