
Mi familia, amigos, vecinos, todos se preocuparon de transmitirme sus «inexperiencias», sí porque ninguno de ellos había estado en la Unión Soviética, pero cada uno creía tener una idea exacta de lo que yo debía llevar. Yo habría de ser el primero de la familia (mi tío Evaristico había estado a principios de los 60, pero aquella era otra época, cuando le lavaban el cerebro a los cubanos), de mi cuadra y de mis amigos del pre y de todos mis conocidos y de los conocidos de mis conocidos, en viajar a la Unión Soviética. Así pues mi papá me buscó un mazo de tabacos y me aseguró que regalar uno de aquellos puros El Surco (la fábrica que nos quedaba más cercana en San Ramón y la Línea) me iba a abrir cualquier puerta (claro, viraron de vuelta, en mis 5 años no conocí a nadie que fumara tabacos). Y claro, papi se preocupó de conseguirme un par de botas rusas, qué mejor que eso para el crudo invierno ruso, que las propias indomables botas rusas que le daban a él como militar. Mi abuela Ángela se asesoró por una vecinas y me adaptó un pitusa color vino con unos preciosos bolsillos traseros de vinyl negro, que las vecinas le aseguraron que era la moda de esa última primavera en Moscú (lo usé solamente una vez, igual que las botas…). Mi mamá se quitó dos cortes de tela de poliester de cuadros, uno gris y el otro color mostaza y se encargó de comprarme un par de camisas de mangas largas de rayas, una color mamey y otra medio amarillosa (vean la foto debajo, hago constar que yo cuando aquello desconocía la terminología de «fajao» y «trepao»). No faltó una caja de talco, según los entendidos algo importante para el frío. En fin, que el verano de 1976 salí en el buque Rossía excelentemente bien equipado para mis 5 largos años de estudio…¿qué podía faltarme?

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