
Mis nunca bien ponderados lectores saben que estuvimos en Met Office, en un intensivo en el que renunciamos a que nos dieran clases y les pedimos que solo nos contestaran preguntas y estuvimos 15 días preguntando, divididos en tres grupos: Luisi y yo para software y algoritmos, Robert y Arturo para FPGA y Procesador de Señales e Ichi para transmisor y sobre todo receptor. Y bueno, los días libres, nos encargábamos de Francisco Tilla. Y no fue poco lo de Paco Tilla, cada uno compró las cosas que necesitaba (recuerden lo del Pili de Ichi). Cuando armamos los paquetes, cada uno llevaba todo lo que podía llevar en sus manos y en su cuerpo; pero…Arturo llevaba un gusano adicional con cosas suyas y cosas que nos regalaron para el radar; pero ese iba extra, era como Allien, el «octavo pasajero». Ese no nos cabía sobre nosotros. Entonces…»trazamos nuestra estrategia» como solía decir cierta jefa, que trazaba muchas estrategias y no resolvía ningún problema.
Nosotros a esas alturas de la vida ya éramos unos viajeros muy experimentados, en general y en particular en Inglaterra. Arturo y yo habíamos ido a Inglaterra en un primer viaje a discutir el diseño y habíamos aprendido de la puntualidad inglesa en los trenes. Y juntos los cinco habíamos venido de Londres a Exeter. Conocíamos bien los trenes, los itinerarios y sabíamos que teníamos que cambiar en Reading.

Así pues organizamos todo el movimiento, quien iba de primero, quién le seguía, habíamos sopesado el peso y tamaño de cada bulto y sabíamos que el primero tenía que retornar a por el «octavo pasajero». Nosotros habíamos visto que cada vagón tenía una jaulita en la parte trasera, y calculamos dónde paraba el tren para montarnos por esa puerta del vagón y hacíamos una cadena para subir los paquetes, y lo habíamos ensayado. Todo estaba cronometrado para subir y bajar en el escaso minuto que paraba el tren.

Y así fue. Paró el tren en Exeter y atinamos la puerta correcta como para poner las cosas en la jaulita trasera; pero no bien comenzamos el movimiento, vino el conductor, un señor muy a lo Conan Doyle (que no, no es lo que se pone en las mesas, es el apellido del escritor) y nos dijo –no, es mucho, vengan conmigo, Entonces les dije –muchachos, procedimiento de bajada de emergencia. El conductor nos llevó a un vagón que era solo para equipaje y nos dijo –no se preocupen, en Bristol yo me ocupo. Bueno, nada, relajados hasta Bristol (el tren cada vez que hacía una parada, uno de nosotros se lanzaba e iba hasta el vagón, pa chequear, que nosotros somos de Camagüey y sabemos muy bien lo que pasa cuando el tren para en Camagüey, es decir hay que tirar un ojo, que el ojo del amo engorda al tren ¿o era otra cosa?

Cuando llegamos a Bristol, nos lanzamos como una maquinaria de reloj, Rober alante, entró al vagón de equipaje, atrás Arturo, de pronto…lo inimaginable, yo estaba en la escalerilla, los otros dos debajo en el andón; pero Rober no salía. Mierda –¿qué pasa ahí?, dice Arturo asustao –ojoniiii, Rober está trabao en la reja de la puerta tratando de salir pero la mochila en su espalda se enredó contra la reja. Y el cabrón tren pitando, y los otros dos abajo dando instrucciones, y Arturo tratando de destrabar a Rober…qué película de terror de Agatha Christi en el Orient Express.

Fue tal el barullo que el conductor vino corriendo y pidiendo disculpas, se le había olvidado lo de la paquetera nuestra. Ya más relajado Arturito al sentir a Conan Doyle, logró destrabar a Rober y bajamos felizmente del tren. Procedimos a movernos por tramos dentro de la estación como lo habíamos ensayado.

Ya en el último tramo para llegar al andén donde se cogía el tren Bristol-Londres, me veo de último en lo alto de una escalera eléctrica, los otros cuatro abajo y yo con el octavo gusano y no venían, hasta que tuve que gritar (porque no me quedaban a la vista) rompiendo el protocolo inglés –ping@@@@@, voy a dejar botao el cabrón gusano, los nenes ya habían llegado al andén y se habían relajado y olvidado que yo no podía moverme…

En fin, se los digo, juramos no ir más a Inglaterra; pero yo rompí el juramento y volví en el 2012, en agosto, invitado por Met Office para contarles cómo nos había quedado el radar que terminamos con su inestimable transferencia tecnológica y que tanto agradecemos.

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