Radares Mirando al Sur

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Innovación cubana a bordo del trasatlántico Rossya

Y ahora que finalmente, después de cuatro años en borrador, terminé el post sobre el Incendio a Bordo del Rossya, recordé anécdotas que demuestran el espíritu creativo e innovador del cubano, aun cuando no habíamos estudiado nuestras carreras en la Unión Soviética, cosa que potenciaría mucho más nuestras capacidades. Antes quiero hablar un poco sobre los estudiantes cubanos en la Unión Soviética y la transportación de ellos. Comenzando en los años 60, la Unión Soviética comenzó a recibir una creciente cantidad de becarios cubanos. Yo supongo que el pico fue en 1978, cuando Cuba graduó de preuniversitario a estudiantes de 12 y de 13 grados a la vez. La transportación era en barcos soviéticos. Creo que el primero que utilizaron fue el Ucraina y más tarde lo alternaron el el Rossya y luego vinieron barcos más modernos.

El Rossya era el trasatlántico más viejo, antiguo y lujoso de la flota que poseía la URSS en aquel momento. En mi año, la mitad de los estudiantes que nos graduamos de la Facultad Preparatoria Hermanos País, unos 500 estudiantes, viajamos en el Rossya y la otra mitad en el Azerbaidzhán. El Azerbaidzhán era mucho más pequeño, más moderno y más rápido que el majestuoso y vetusto Rossya.

Entre otras diferencias, los camarotes del Azerbaidzhán eran más confortables y TENÍAN aire acondicionado. Nosotros en cambio, en el Rossya, no teníamos aire acondicionado. Hacía calor en los camarotes, mucho calor, la mayoría de los camarotes eran de seis y de ocho personas, me parece recordar. Dormíamos en literas, las de arriba bastante altas, porque eso sí, nuestros camarotes eran espaciosos, altos. En los otros dos barcos en que yo viajé los camarotes eran mucho más pequeños y no muy altos.

Cada camarote tenía una escotilla, que se podía abrir o cerrar a gusto, pero con respecto al calor … era totalmente indiferente, abierta cerrada, igual no entraba ni una brizna de aire fresco. Ah, pero los cubanos somos masivamente innovadores. Muy pronto se puso de moda una solución: se cogía una de las escaleritas (las de subir a una de las literas de arriba, recuerden eran tres o cuatro literas, por tanto, tres o cuatro escaleritas) se forraba con sábanas y se sacaba por la escotilla, manteniendo una parte dentro, de modo que no se cayera, buscando un equilibrio. Mientras más sacabas, más fresco entraba.

Para subir a la litera cuya escalerita se había cogido, se usaba itinerante la de otra litera. Lamentablemente nada es perfecto, como le diría Jack Lemon a Tony Curtis en «Algunos prefieren quemarse», cuando Lemon le confesó su amor a Curtis que estaba vestido de mujer y este le dijo que se olvidara de eso, que él era un hombre. Humm, otra vez desvarío. El caso es que en aquel entonces (año 1976) no teníamos servicio de Internet y carecíamos de pronósticos del tiempo, sobre todo del viento.

El problema es que en noches de mucho viento, nuestras improvisadas velas-ventiladores salían volando y claro, el mar, siempre ávido y voraz, se las tragaba de inmediato y nadie iba a parar el barco para recogerlas. Las sábanas, regaño de por medio, nos la reponían al cambiarlas; pero escaleritas eran solo tres o cuatro. Hubo muchos camarotes a los que no les alcanzaron las escaleritas ni para llegar al Bósforo. El regaño de lo de las sábanas era en ruso, hecho por rusitas jovencitas que no sabían ponerse bravas como sí sabían las viejas que cuidaban los albergues, pero eso solo lo supimos mucho después, cuando llegamos y comenzamos a vivir en los albergues de nuestros centros de estudio.

Ahí estará elucubrando mi implacable lector que cómo hacían aquellos que habían perdido sus cuatro escaleritas en pleno Mediterráneo para subir a las literas de arriba. Nada, el de abajo ponía las manos juntas con los dedos entrelazados y te daba «un pie» para subir. Nunca oí que los soviéticos se quejaran por lo de las escaleritas y las sábanas confiscadas por el mar, seguramente le echaban la culpa a la administración por no haber puesto aire acondicionado, a fin de cuentas, los tripulantes también pasaban calor y sus camarotes eran más malos y más calientes. Y nosotros…pues cantábamos con Serrat: …Soy cantor, soy embustero, me gusta el juego y el vino. Tengo alma de marinero …

Teníamos menos de 21 años y la vida era bella. Bueno, 50 años después sigo pensando que la vida es bella.

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