
Estimados lectores, yo tuve la inmensa dicha de compartir mis cinco años de estudio en el Instituto de Ingenieros del Transporte de Moscú con Dalia Guardo Fernández, una persona maravillosa, callada, introvertida, nunca se quejaba de nada, siempre presta a ayudar a todo el mundo en lo que hiciera falta y estuviera en sus manos, siempre presta a escuchar las cuitas de otros, trabajadora, estudiosa y esforzada hasta no dar más. En fin, un dulce de persona. Hoy les traigo una anécdota que me contó Dalia, ya saben que yo soy cuentero de segunda y hasta de tercera mano.
Pero como que soy cuentero no puedo resistirme a contar algunas anécdotas sobre Dalia en sí misma, de nuestras vivencias en los años de estudio. Ese inicio en septiembre de 1976 fue fuerte para todos nosotros; pero para Dalia aun más, porque era una sola mujer cubana en el grupo. Salíamos de un turno de clases y a correr por los pasillos para llegar a la próxima aula, en medio de eso el que guiaba se metía en un baño, y bueno, los otros aprovechábamos para orinar y a Dalia, que venía detrás apurada por no perderse en el dédalo de pasillos interminables…había que detenerla en la puerta del baño.

Dalia jugaba muy bien al voleibol, en su época de pre había jugado con algunas que más tarde serían de las espectaculares morenas del Caribe, pero Dalia casi nunca mostraba su clase en eso, simplemente no tenía tiempo para nuestros pasatiempos, pero tenía una excelente preparación física.
En cuarto año, no recuerdo quién de nosotros negoció hacer las prácticas en Cuba y fuimos a parar al Plano Inclinado de Pinares de Mayarí. Para subir y bajar había que treparse en los vagones que subían vacíos impulsados por un güinche y bajaban llenos de mineral, frenados por el mismo güinche, solo que en el tramo final esos vagones iban libres hasta chocar con los otros vagones que ya formaban el tren.
El lío es que había que tirarse antes del choque. Dalia siempre fue una mujer atlética; pero…nos daba terror que se fuera a caer. Uno caía sobre una grava de grano grueso, muy difícil, muy irregular, y uno caía con tremenda velocidad. Nos lanzábamos dos antes que Dalia para atraparla y que no fuera a caer. Ironías del destino, Dalia estuvo el mes entero en esas faenas ESTANDO EMBARAZADA y no lo sabía (nosotros menos, por supuesto). Ya les digo, Dalia es una Mariana de nuestra generación que nunca le tuvimos miedo a nada.
Dalia parió antes de la tesis. Le tocó de tutor Breleev, el Jefe de Cátedra, que era la eminencia indiscutida; pero era un pan y le facilitó muchísimo el proceso. No obstante, al terminar había que llevar la tesis a por la opinión del oponente, que siempre era un jefe importante en alguna Distancia de los Ferrocarriles. Ese día, Dalia dejó a Yenisei, su niñita, con Galano y Santiago. El proceso se demoró, era en un lugar distante. Galano y Santiago no sabían ya qué piruetas y payasadas hacer para que Yenisei, que era primera vez que se quedaba sola sin su mamá, no llorara.

A mí me dieron el carro (Sombra, el Mosckvich) en 1988. En 1989 y 1990 di numerosos viajes a La Habana (porque mi esposa es oriunda de allí e íbamos a ver a la familia). No sabíamos nada de Dalia desde nuestra graduación en 1981 y yo me hice el propósito de que al próximo viaje, a la vuelta, sin falta, pasaríamos por Cárdenas. El problema es que no sabíamos donde vivía Dalia, ni siquiera sabíamos si aun viviría en Cárdenas (no se asombre mi lector, hoy, a casi 45 años de la graduación, aun no he sabido nada de José Galano Sánchez, el santiaguero). No obstante, me dije —Dios proveerá y allá fuimos.

Entramos a la ciudad y ni la menor idea de por dónde buscar. Mi esposa recordó que la mamá de Dalia trabajaba de obrera en una Fábrica de Caramelos, pero ni siquiera sabíamos el nombre de la mamá. Se imagina mi lector llegar a una fábrica y preguntar por «la mamá de Dalia». Sin embargo…había un detalle insólito. Siendo una simple obrera (pero muy destacada) a la mamá de Dalia le habían otorgado un carro. Bueno, era un detalle. Nos lanzamos a buscar y encontramos sin dificultad la Fábrica de Caramelos.
El custodio le dio permiso a mi esposa para que entrara e hiciera la diligencia mientras yo me quedaba en el carro con los dos niños. No obstante, como hacemos los cubanos, pegué a conversar con el custodio y le conté todo lo que ya sabe mi lector. El hombre pensó un poquito y me dijo, mira, yo creo que sé quién es; pero ella ya está jubilada (la mala noticia primero); pero …yo creo que ella está allí dentro ahora mismo (la buena noticia), ella sigue siendo del sindicato y es persona importante aquí.
Efectivamente, a los pocos minutos sale mi esposa y me dice lo mismo. Ya la encontré, está allá dentro, solo hay que esperar un poquito que está reunida con los trabajadores, arengando. Así pues, a una hora de entrar a la ciudad sin rumbo fijo salíamos con la mamá de Dalia para su casa. Dalia que es muy emotiva no podía parar de llorar por la emoción y la sorpresa. Terminamos pasándonos unos días en casa de Dalia, poniéndonos al día de nuestras vidas. Allí fue donde Dalia me contó la anécdota que ya no torturo más a mis fieles lectores y paso a contarles.

Después de varios años de trabajo en los Ferrocarriles, Dalia tuvo la suerte de ir a un curso en nuestro Instituto. Obviamente lo disfrutó mucho, «el asesino siempre vuelve al lugar del crimen«, dice el dicho. Había gente de varios países. Dalia cayó en un cuarto con una muchacha de Sri Lanka. La muchacha no hablaba ni una palabra de ruso. Yo no recuerdo, supongo que el curso lo daban con traductores. Dalia paseaba la distancia, en el curso y fuera, cinco años en Moscú…
Con la muchacha, Dalia, que no habla ni inglés ni ningún otro idioma, se entendía por señas y la ayudaba en lo poco que podía con las cosas del albergue y del curso; pero comprenderá mi sagaz lector que no era mucho lo que podía hacer.
Cuenta Dalia que un día que estaban las dos solas, sin poder conversar de nada, y sin mucho que hacer, de repente a Dalia (que ya aclaré que no habla nada de inglés) se le ocurrió decir — Do you speak English?
Ave María Purísima, la muchacha daba saltos de la emoción. yes, yes, yes —exclamaba la muchacha que no cabía en sí de tanta suerte hasta que Dalia, lapidariamente le dijo —pues yo no.
Años después coincidí en uno de mis siete viajes a Venezuela, con Yenisei, doctora (médica) de misión en Caracas y conversamos largo. Dalia y yo, muy de cuando en cuando, hablamos, pero ella sigue con devoción todas mis boberías en las redes.
Si alguno de mis lectores sabe de José Galano Sánchez, el santiaguero, dígale que espero poder darle un abrazo algún día.
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